Ninguna realidad podía estar a la altura de mi concepción del esplendor de Nueva York. […] Recuerdo haber recorrido, subido en el techo de un taxi, una Quinta Avenida desierta, durante una calurosa noche dominical; recuerdo haber almorzado en los frescos jardines japoneses del Ritz; haber escrito toda la noche una y otra vez; haber pagado demasiado por diminutos apartamentos; haber comprado coches fabulosos, pero destartalados. […] Los espectáculos eran más atrevidos, los edificios más altos, la moral más relajada y el alcohol cada vez más barato; pero todos estos beneficios no aportaban mucho placer.
Mi ciudad perdida
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