El joven griego, Michaelis, que regentaba la cafetería junto a los montones de ceniza, fue el principal testigo en la investigación judicial. Había dormido durante el calor hasta pasadas la cinco, cuando se dirigió al garaje y encontró a George Wilson enfermo en su oficina; muy enfermo, pálido como su propio pelo claro y temblando por todas partes. Michaelis le aconsejó que se fuera a la cama, pero Wilson se negó, diciendo que perdería mucho trabajo si lo hacía. Mientras su vecino intentaba persuadirlo, se desató un violento alboroto arriba.
—Tengo a mi mujer encerrada ahí arriba —explicó Wilson con calma—. Va a quedarse allí hasta pasado mañana, y entonces nos iremos de aquí.
El gran Gatsby
