Astoria
No hay confusión comparable a la confusión de una mente simple, y mientras nos alejábamos Tom sentía los latigazos ardientes del pánico. Su esposa y su amante, hasta hacía una hora seguras e inviolables, se le escapaban precipitadamente de su control. El instinto lo llevó a pisar el acelerador con el doble propósito de alcanzar a Daisy y dejar atrás a Wilson, y avanzamos a toda velocidad hacia Astoria, a ochenta kilómetros por hora, hasta que, entre las vigas arácnidas del tren elevado, divisamos el tranquilo coupé azul.
El gran Gatsby
