Mientras avanzaba balanceándose por el pasillo, con el macuto colgado al hombro como una enorme salchicha azul, no vio ningún asiento libre; pero, al cabo de un momento, sus ojos dieron con un único hueco ocupado en ese instante por los pies de un siciliano bajo y moreno que, con el sombrero calado sobre los ojos, se encorvaba desafiante en un rincón. Cuando Anthony se detuvo a su lado, el hombre alzó la vista con un ceño fruncido, evidentemente destinado a intimidar; debía de haberlo adoptado como defensa frente a toda aquella ecuación gigantesca.
Ante el seco «¿Está ocupado ese asiento?» de Anthony, levantó muy despacio los pies, como si se tratara de un paquete frágil, y los depositó con cierto cuidado en el suelo. Sus ojos permanecieron fijos en Anthony, que, entretanto, se sentó y se desabrochó el abrigo del uniforme que le habían entregado en Camp Upton el día anterior.
Hermosos y malditos
