Vivía en West Egg, el… bueno, el menos elegante de los dos, aunque se trata de una etiqueta muy superficial para expresar el contraste extraño y no poco siniestro que existía entre ambos. Mi casa estaba en la punta misma del “huevo”, a solo cincuenta yardas del Sound, encajada entre dos enormes propiedades que se alquilaban por doce o quince mil dólares la temporada. La de mi derecha era una construcción colosal, según cualquier criterio: una imitación fiel de algún Hôtel de Ville de Normandía, con una torre en uno de los lados, reluciente de nueva bajo una ligera barba de hiedra cruda, una piscina de mármol y más de cuarenta acres de césped y jardines. Era la mansión de Gatsby. O, mejor dicho, como yo no conocía entonces al señor Gatsby, era una mansión habitada por un caballero de ese nombre. Mi propia casa era un adefesio, pero un adefesio pequeño, y había sido pasada por alto; así que tenía vistas al agua, una vista parcial del césped de mi vecino y la reconfortante proximidad de millonarios, todo ello por ochenta dólares al mes.
El gran Gatsby
