Movió la cama de modo que el sol lo despertara al amanecer, para poder vestirse y salir al columpio arcaico que colgaba de un manzano cerca de la casa de sexto curso. Sentado en él, se impulsaba cada vez más alto hasta conseguir la sensación de balancearse dentro del aire amplio, en una tierra de hadas poblada de sátiros y ninfas silbantes con los rostros de muchachas rubias a las que se cruzaba por las calles de Eastchester. Cuando el columpio alcanzaba su punto más alto, Arcadia se extendía en realidad justo al otro lado de la cresta de cierta colina, donde el camino pardo se perdía de vista en un punto dorado.
A este lado del paraíso
