Fue una cuestión de azar que yo hubiera alquilado una casa en una de las comunidades más extrañas de Norteamérica. Se hallaba en aquella isla esbelta y tumultuosa que se extiende directamente al este de Nueva York y donde existen, entre otras curiosidades naturales, dos inusuales formaciones de tierra. A veinte millas de la ciudad, un par de enormes huevos, idénticos en contorno y separados solo por una bahía de cortesía, se adentran en el cuerpo de agua salada más domesticado del hemisferio occidental, el gran corral húmedo del Long Island Sound.
El gran Gatsby
