Regresó a America en 1912 por una de las repentinas enfermedades de su abuelo, y, tras una conversación excesivamente fatigosa con el viejo perpetuamente convaleciente, decidió aplazar hasta la muerte de este la idea de vivir de manera permanente en el extranjero. Después de una búsqueda prolongada tomó un apartamento en 52nd Street y, en apariencia, se estableció. […[
La casa en sí era de un material sombrío, construida a finales de los noventa; en respuesta a la necesidad, cada vez más acuciante, de pequeños apartamentos, cada piso había sido remodelado a fondo y alquilado por separado. De los cuatro apartamentos, el de Anthony, en el segundo piso, era el más deseable.
La habitación delantera tenía techos altos, hermosos, y tres grandes ventanas que se asomaban con agrado a 52nd Street. En sus arreglos escapaba —por un margen seguro— de pertenecer a un periodo concreto; escapaba de la rigidez, del bochorno, de la desnudez y de la decadencia. No olía ni a humo ni a incienso: era alta y tenuemente azul. Había un profundo diván de cuero marrón suavísimo, rodeado de una somnolencia que flotaba como una bruma. Un biombo alto de laca china, con figuras geométricas de pescadores y cazadores en negro y dorado, formaba un rincón para una voluminosa silla, custodiada por una lámpara de pie naranja. En el fondo de la chimenea, un escudo cuartelado se quemaba hasta quedar de un negro turbio.
Atravesando el comedor —que, como Anthony solo desayunaba en casa, era apenas una magnífica potencialidad— y bajando por un pasillo comparativamente largo, se llegaba al corazón y la médula del apartamento: el dormitorio y el baño de Anthony.
Ambos eran inmensos. Bajo el techo del primero, incluso la gran cama con dosel parecía de un tamaño tan solo mediano. En el suelo, una alfombra exótica de terciopelo carmesí era suave como vellón bajo sus pies desnudos. Su cuarto de baño, en contraste con el carácter más bien portentoso del dormitorio, era alegre, luminoso, extremadamente habitable e incluso, tenuemente, un poco burlón. Enmarcadas en las paredes había fotografías de cuatro celebradas bellezas teatrales del momento: Julia Sanderson como The Sunshine Girl, Ina Claire como The Quaker Girl, Billie Burke como The ‘Mind-the-Paint’ Girl, y Hazel Dawn como The Pink Lady. Entre Billie Burke y Hazel Dawn colgaba una estampa que representaba una gran extensión de nieve presidida por un sol frío y formidable: eso —aseguraba Anthony— simbolizaba la ducha fría.
Hermosos y malditos
